Aprendí a aprender
La importancia de re-conocer tus miedos
Hoy tenía mi última clase de surf en Midigama antes de irme a Colombo. Era la tercera clase aquí y la quinta del viaje. El mar estaba revuelto, las olas grandes y la corriente muy fuerte. Le pregunté a Shaggy, mi profe, si le parecía que estaba bien para mí.
“Yes, yes, ya eres intermedia” —me dijo—. “Está difícil, pero vas a poder.”
Me gusta Shaggy porque me tiene fe. Desde el primer minuto me empujó a avanzar: me achicó la tabla, me llevó al reef break, me sacó de mi zona de confort.
Mientras mirábamos el mar me iba explicando dónde ponernos, por dónde entrar, qué hacer con una corriente así de intensa. Me comentó, casi al pasar, que ese día dos chicos se habían ido contra las rocas porque la corriente estaba muy fuerte. Que tuviera cuidado. Que, si era mucho, nos salíamos.
Fuimos a buscar las tablas y algo en mí dijo NO.
La verdad es que me asusté. Y nunca antes me había asustado meterme al mar.
“Not today” —le dije—. “Prefiero esperar un poco, ver si el mar se ordena. Sé que con miedo no lo voy a disfrutar.”
“Ok, no problem. Es importante que te escuches.” —me respondió.
Tengo claro que no siempre estarán las condiciones perfectas y que parte del aprendizaje es desafiar los miedos. Pero también hay una línea muy fina entre exigirme un poco más y obligarme a hacer algo que no quiero. Porque hace muy poco que aprendí algo importante sobre mí: no aprendo desde el miedo. Necesito estar tranquila para integrar de verdad el aprendizaje, en este caso, de cada ola, cada caída. No puedo hacerlo si estoy en estado de alerta, sintiéndome en peligro.
Y mientras caminaba de vuelta, pensé que esto no era algo nuevo.
Este año cumplí una meta que para muchos es mínima, pero para mí fue enorme: leer un libro al mes. Antes me cargaba leer, en realidad, no podía. Lo intenté muchas veces, pero mi mente se iba a cualquier parte y pasaba páginas y páginas sin enterarme de nada. Mi psicóloga cree que tuve un TDAH no diagnosticado cuando chica y que se fue regulando con el tiempo. Yo también lo creo.
Nunca me leí un libro del colegio. Nunca. Mi papá me los leía antes de dormir cuando yo ya era grande; debo haber tenido unos doce años. Yo simplemente no podía. Mi psicóloga cree que tuve un trauma en el aprendizaje. Yo también lo creo.
En cuarto medio hice una apuesta con una amiga: leer nuestro primer libro antes de salir del colegio. Ella cumplió. Yo mentí.
Me daba vergüenza admitir que no podía leer un libro. Me sentía tonta. Quería leer Harry Potter, Crepúsculo, cualquier saga que estuviera de moda. Quería ser parte de esas conversaciones. Pero no podía.
Muchos años después entendí algo clave: no se puede aprender desde el miedo.
Y en mi casa, como en muchas casas patriarcales de los 90, si no entendías, se aprendía “a la fuerza”.
Cuando llegaba la época de exámenes o te iba mal en una prueba, te tocaba “estudiar con el papá”. Podía escuchar a mis hermanas murmurar “uuuuy, suerteee”; ellas sabían que no iba a ser una tarde agradable. Yo llegaba a sentarme junto a él con el corazón acelerado, seguramente con el cuaderno equivocado y la tarea a medio escribir. El miedo era tal que no sabía ni qué materia estaba estudiando y solo rogaba que no se diera cuenta de que me faltaba la mitad del estuche.
No era violento, pero sí muy estricto. Una figura de autoridad muy respetada. Lo más fuerte que alguna vez me dijo fue: “¡Burra! ¿Pero cómo no entiendes?”. Y seguramente me lo había repetido diez veces.
No es que fuera tonta o que no quisiera aprender. Es que no podía. No puedo aprender desde el miedo. Y en esa época, la autoridad me daba terror.
Con los años, esas tardes quedaron atrás. Mi papá se ablandó, se acercó y yo me di cuenta de que no era tan grave. Pero el trauma del aprendizaje quedó. La disociación mientras estudiaba me acompañó mucho tiempo, sobre todo en la universidad, donde tenía que leer los textos tres o cuatro veces, subrayarlos casi completos, llenarlos de colores y notas al margen.
Poco a poco empecé a disfrutar estudiar. Pero aún no podía leer un libro completo por placer.
—Tienes que leer algo que de verdad te interese. A mí, por ejemplo, solo me gustan los libros eróticos.
—¡Ay, mamá! —le respondí.
Y tenía razón. Los libros sobre sexualidad y erotismo fueron mi puerta de entrada a la sexología. Después vino el feminismo. Temas que me encendían, que me daban ganas de seguir aprendiendo.
Ayer compartí en Instagram los doce libros que leí este año: novelas, ensayos, cuentos, poesía. Literatura íntima, corporal, escrita desde la herida, la mente y el deseo de entender(se).






Aprendí a leer.
Y aprendí a aprender desde el placer.
Que, por más difícil que sea la lección, necesito sentirme segura. Que si en el mar necesito más calma, está bien. Y si para leer necesito un café caliente, música suave o luz tenue, está bien también.
No todo aprendizaje necesita presión.
No todo crecimiento nace del empuje.
Quizás la pregunta no es qué estamos aprendiendo,
sino desde dónde.
Desde el miedo, la exigencia y la vergüenza.
O desde el cuidado, la curiosidad y el deseo.
Yo, desde el placer de aprender, me abro a todo lo que este mundo tenga para ofrecer.
Con amor,
Josefa.


Tan cierto 💜 me encantan tus reflexiones.. me sentí muy identificada con lo del padre no violento, pero sí muy estricto, y como esas experiencias nos van marcando. También hace un par de años, cada año me pongo la meta de leer un libro a la vez hasta terminarlo, pero soy incapaz de leer un libro de principio a fin. Mi mente salta de un interés en otro y no soy capaz de sostener la atención. Lindo leer dificultades compartidas :)
¡Qué lindo, gracias! concuerdo mucho con el tema de que hacer ciertas cosas que nos cuestan más pero que nos hacen bien, vengan con "rituales" y asi las incorporamos mejor y se hacen placenteras