Compartir es vivir
Y hoy me siento muy viva
Hace unos días llegó toda mi familia a Sri Lanka.
Pasé de ser yo sola; observando, sintiendo y registrando cada experiencia en la memoria y en el corazón, a ser veintiuno.
Cuarenta y dos pies caminando por esta tierra fértil, húmeda, viva.
Vamos a viajar por tres semanas. A cruzar ciudades, selva, templos, campos de arroz y de té. A comer roti quemado, papaya con limón y dhal de lentejas. A tomar agua de coco en medio de la carretera. A intercambiar sonrisas con extraños que, de alguna manera, se sienten como parte de la familia.
Este viaje me recuerda a cuando ves tu película favorita con alguien que nunca la ha visto. Y estás a su lado atenta, inquieta, expectante.
—Mira, mira esta parte.
—¿Cachaste? ¿Entendiste lo que dijo?
—Pero concentrate, escucha bien.
Quieres asegurarte de que no se pierda de nada. Quieres que ame de esa película tanto como tú, y disfrutas cada risa, cada suspiro y cada lágrima como si fuera tuya. Hay algo en volver a mirar eso que amas a través de los ojos de otros.
Es una especie de orgullo por algo que no es del todo tuyo… pero que, en cierto sentido, sí lo es.
Y es que soy profundamente feliz cuando puedo compartir lo que amo con quienes amo.
Recordé entonces una frase que escuché este verano en la playa de Buelna, en Asturias. Una familia española–italiana que comía bajo un par de quitasoles que los protegían del intenso calor de agosto.
—Compartir es vivir —le dijo la hermana mayor a uno de sus hermanos pequeños.
—¡Compartir es vivir! —respondió él, emocionado, pasándole un paquete de papas fritas con más arena que sal.
Qué cierto, pensé. Y escribí esa frase en las notas de mi celular, como quien guarda una semilla.
Porque compartir no es eso que te enseñan cuando chica que solo te dicen “hay que compartir, no hay que ser egoísta”. Es mucho más que eso, es partir una sandía en muchos pedazos y que así sepa más dulce. Es lo que hace que el mate circule acompañando una conversación, es lo que le da sentido a la poesía, que una experiencia se vuelva memoria compartida y no solo recuerdo individual.
Sri Lanka me ha enseñado eso una y otra vez: que aquí todo circula. La comida, el tiempo, la ayuda, la risa. Que dar y recibir no son opuestos, sino el mismo gesto en movimiento. Que la comunidad no es un ideal, sino una práctica cotidiana.
Qué afortunada soy de poder compartir con mi familia en un lugar que me ha dado tanto. Y pensar que, en un principio, iba a pasar estos días sola. Pero todo cambia.
Hoy comparto risas, canciones y bailes.
Creo que estas fechas son tan especiales y tan esperadas porque nos devuelven, aunque sea por un momento, al acto de compartir: rituales, regalos, tradiciones, comidas deliciosas y sobremesas eternas. Cosas simples que muchas veces olvidamos el resto del año, pero que nuestros corazones siguen añorando.
Por eso, más que desearles una feliz Navidad, les deseo un buen compartir.
Con quien sea que estén.
Que puedan compartir su tiempo, su escucha, su mesa.
Su cariño, su luz, su presencia.
Porque al final, quizás eso sea todo:
compartir para vivir y vivir para compartir.
Con amor,
Josefa.








Compartir es vivir, mi nueva frase favorita 💙
Me reí mucho con el ejemplo de la película y estar más nervioso y atento que disfrutándola porque uno quiere dm que el otro la ame !!!! Jajaj, me hizo muchísimo sentido cada palabra de este post. ❣️