Cuéntame otra vez
Y déjame que lo olvide
Había una vez una niña que amaba las historias.
Las esperaba, las coleccionaba.
Las necesitaba para entender el mundo.
Todos los días quería escuchar una distinta.
Su papá le contaba sobre princesas desvalidas, dragones que escupían fuego, caballeros valientes y brujas malvadas.
Cuando iba al campo, escuchaba historias sobre duendes y hadas del bosque, el viejo del saco y el chupacabras, los cueros del río, el trauco y la llorona.
En el colegio le contaron muchas historias: una sobre españoles que “descubrieron” América, aunque nunca le hizo sentido cómo se descubre un lugar que ya estaba habitado. También escuchó relatos de soldados cruzando la cordillera y que los dedos se les quedaban congelados dentro de los zapatos, de hombres que desarrollaban teorías mirando sombras proyectadas por el fuego, manzanas cayendo de los árboles o partículas invisibles que explicaban el mundo.
En general, muchas historias de señores descubriendo cosas.
Los domingos escuchaba historias sobre un Dios, su hijo, una virgen, una paloma, tres cruces, muchos milagros, algunos leprosos, ángeles que aparecían y desaparecían, fariseos, fieles y pecadores. Fue ahí también donde escuchó por primera vez sobre la vida eterna.
La vida eterna.
La vida eterna… pensar en que algo iba a durar para siempre, siempre, siempre, le daba dolor de guata.
Esta niña comenzó a crecer.
Y las historias crecieron junto a ella.
Escuchó con atención y con algo de escepticismo relatos sobre su cuerpo, su ciclo, su sangre, su deseo, su placer, su sexualidad.
Al parecer habitaba un cuerpo peligroso, del que había que desconfiar.
Algo deseado por muchos, pero que debía cuidar, porque si lo “entregaba” demasiado pronto, ya no la iban a querer igual.
Escuchó tantas historias sobre lo que significaba ser mujer que logró casi a la perfección el arte del “no tanto”:
• Sé inteligente, pero no tanto
• Sé divertida, pero no tanto
• Sé coqueta, pero no tanto
• Sé tú, pero no tanto
Aprendió a mirar el mundo y a moverse en él a través de estas narraciones:
quiénes eran los buenos, los malos, los salvadores y los traidores.
A quién temer.
A quién desear.
A quién amar.
Por las noches, antes de dormir, le pedía a su pareja que le contara historias.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Cuéntame de cómo te enamoraste perdidamente de mí.
Había algo especial en las historias de amor. Siempre han sido sus favoritas. Quizás porque la historia de amor de su mamá y su papá es digna de una película, y siempre soñó con algo así. Hasta ahora guarda preciosas historias de amor en su corazón, y le gusta visitarlas de vez en cuando.
Tanto le gustaban las historias que terminó haciendo de ellas su trabajo.
Escucha historias todos los días.
Acompaña a personas a mirarlas de frente, a desarmarlas, a cuestionarlas, a escribir versiones nuevas.
A dejar de identificarse con las más crueles.
A probar narrativas más suaves.
Más amorosas.
Más propias.
Y empezó a darse cuenta de que ella también se contaba sus propias historias.
Sobre quién era.
Sobre lo que podía.
Sobre lo que no.
Que era muy rubia, muy cuica, muy tonta.
Muy poco seria, poco espiritual o poco interesante.
Que para “ser alguien” necesitaba más cursos, más formaciones, más títulos.
Historias, historias, historias…
Historias sobre su pasado, su presente y su futuro, dichas con una seguridad que le parecía verdad.
Hubo veces que tuvo que escuchar historias sobre sí misma y lo que hizo la noche anterior porque estaba demasiado borracha para recordarlas. Relatos reconstruidos por otros que escuchaba llena de vergüenza y de culpa.
Y con el tiempo se fue cansando de las mismas historias de siempre.
Ya no le parecían tan interesantes.
Quería escuchar otras, dichas en lenguas desconocidas, con personajes distintos, otros colores, otros paisajes, otras voces.
Y por eso se fue.
Porque cuando empiezas a dudar de tus propias historias, necesitas otras para seguir dudando.
Para ampliar el mapa.
Para descubrir que lo que creías fijo era apenas una versión.
Y así comenzó un nuevo viaje.
Uno que también tiene que ver con relatos: con cómo nos moldean, nos explican, nos contienen, nos justifican, nos ordenan. Y con cómo desafiarlos, y muchas veces soltarlos, abre espacio para escribir otros más alineados con lo que somos hoy, no con lo que alguna vez creímos que fuimos.
Porque las historias importan.
Nos ayudan a orientarnos en el mundo.
Pero más importante aún es recordar que son historias.
Que cada una nace desde la biografía de quien la cuenta.
Desde su miedo.
Desde su deseo.
Desde su herida.
Por eso no son la verdad.
Son interpretaciones.
Y quizá están hechas para eso:
para ser escuchadas…
y luego, si es necesario, olvidadas.
Cuéntame,
¿qué historia te estás contando y ya es hora de olvidar?
Con amor,
Josefa.


Muchas historias que nos fueron moldeando para seguir un mismo camino, uno que, al final, había sido elegido por otros.
Qué sabias palabras: una voz cercana que te lee desde lejos, pero que, a la vez, se siente muy cerca.
Llego mi post semanal favorito!