El reflejo que no soy
La ilusión de la imagen en el espejo
Estaba tomando desayuno muy temprano en la terraza de la casa en Midigama cuando aparece mi vecina “E” y me dice:
—“¿Supiste que entraron los monos otra vez?”
—“¡No! ¿Cuándo?” le respondí.
Ya sabía lo del sábado. Me había encontrado a Kurulu (el dueño de la casa) arriba del techo después de sacar a los monos del baño. Me contó que habían hecho un desastre y que se peleaban con su propio reflejo en el espejo, pero que por suerte no lo rompieron.
—“Sí,” siguió ella riéndose, “pero ayer volvieron. Como taparon la ventana con una malla, ahora entraron por la puerta” (la “puerta” es una cortina que da a un patio exterior).
—“Los escuché mientras dormía y fui a buscar a Kurulu para que me ayudara porque me dan terror, son enormes! Y ahí estaban, desordenando todo y peleándose con el espejo otra vez. Los ahuyentamos, nos reímos… y cinco minutos después, vuelve a entrar uno, corriendo, directo al espejo a seguir peleándose con su reflejo. Era un mono muy obstinado.”
Pensé: “Esto es demasiado gráfico y precioso como para no escribirlo. ¿Cuántas veces nos peleamos con nuestro propio reflejo?”
Se sentó conmigo y compartimos un mango y una papaya con limón. Le conté que tenía clase de surf en un rato, y después de un silencio breve le dije riéndome:
—“Ojalá me la cancelen.”
Es como si una parte de mí quisiera aprender y la otra quisiera sabotearme.
Llegué a la conclusión de que lo que no me gusta es ser mala en algo.
Mi miedo a equivocarme y mi vergüenza (a veces) se comen mis ganas.
Yo ya quiero ser buena. Saltarme el proceso de aprendizaje.
Pero así no funciona, y lo sé.
Ella sonrió y me dijo:
—“A mí el surf me salvó la vida… y ni siquiera soy buena.”
A “E” la conocí en el retiro de Tantra y Somatics aquí en Ahangama. Era mi compañera de pieza. Compartimos risas, lágrimas, palabras y silencios. El segundo día me agradeció por llorar abiertamente, porque a ella le costaba mucho; solo podía llorar si alguien más lloraba.
Le dije: “Lucky for you, I have oceans of tears inside of me.”
Ese mismo día había terminado de escribir "Océano de lágrimas".
Ella se está recuperando de un TEPT (Trastorno de estrés post traumático) después de hacer su práctica de medicina en un campo de refugiados en Ghana. Probó todo tipo de terapias. Nada funcionó. Hasta que vio un documental sobre veteranos de guerra que trataban su trauma con el surf. Así que lo intentó: tres horas de transporte público para llegar a la playa, una sesión, tres horas de vuelta, y una semana entera en cama con el sistema nervioso colapsado. Pero volvió. Y volvió. Y volvió.
Y así aprendió.
Luego entendió que no podía vivir lejos del mar. Hizo su siguiente práctica en Costa Rica y ahora es su segundo año viviendo seis meses en Sri Lanka.
“El surf me salvó la vida”, me dijo, y empezamos a compartir ideas del por qué:
la sensación de ser sostenida por el mar, el horizonte abierto, la medicina del agua salada, el movimiento de las olas que aparece y desaparece (como las emociones), la necesidad de canalizar la energía de supervivencia que había quedado atrapada en su cuerpo.



No pude evitar sentirme un poco avergonzada.
Pensé en cómo mi mente categoriza las experiencias desde el exitismo y el perfeccionismo.
Como si algo solo fuera válido si lo hago bien.
Como si tuviera que pasar por un filtro de rendimiento y reducirse a eso.
Y sin embargo, cada vez que salgo del mar, agotada, con el agua goteando por mi nariz, sé que quiero volver.
Porque las experiencias no se miden en “buenas” o “malas”. En “éxitos” o “fracasos”.
Las experiencias son más amplias, más profundas, más sabias que esas etiquetas.
No vinimos a esta vida a ser solo buenos en lo que hacemos.
Vinimos a explorar. A probarnos. A desafiarnos. A divertirnos en el proceso de aprendizaje.
¿Cuántas cosas no hacemos porque creemos que “no somos eso”? ¿Qué no forma parte de nuestra “identidad”?
Que ya estamos muy viejas, muy tiesas, muy serias.
¿De dónde sacamos que tenemos que hacerlo bien para hacerlo?
Y mientras pensaba en todo esto, la imagen del mono volvió a aparecer:
entrando al baño una y otra vez a pelear con su propio reflejo, convencido de que había un enemigo ahí, cuando lo único que había era una imagen de sí mismo vista como una amenaza.
Y el único haciéndose daño… era él.
Porque confundimos nuestra imagen con nuestra identidad.
Que atacamos el reflejo porque creemos que somos eso que vemos.
Pero la identidad no está en la superficie:
está en la experiencia.
En caer y volver a levantarse.
En equivocarse.
En hacer el ridículo.
En intentarlo igual.
La imagen es una ilusión.
La experiencia es lo real.
Nos limitamos porque creemos que solo somos “nosotras” cuando algo nos sale bien.
Y atacamos; con juicio, vergüenza y autoexigencia a la que se equivoca, se confunde, y vuelve a equivocarse en lo mismo.
Pero esa también somos nosotras.
Esa parte también merece existir.
Y si dejáramos de pelearnos con el reflejo, si lo miráramos con un poco más de paciencia, con un poco más de ternura, quizás nos descubriríamos amigándonos con esa versión que siempre ha estado ahí: la que aprende, la que insiste, la que vuelve a empezar.
Después de la clase me di cuenta de que ni siquiera soy mala.
Que disfruté como nunca la sesión después de la conversación con “E”, cuando pude hacerme consciente de que la experiencia es mucho más que un resultado, y que yo soy muchísimo más que ese reflejo limitado de mí misma.
La próxima vez que el espejo me desafíe, quiero desafiar yo la ilusión.
Mirarme más allá.
Volver al cuerpo.
Volver a la experiencia.
Con amor,
Josefa.


Preciosoooo 💘 disfrutando mucho tus escritos sri lankeses!