Océano de lágrimas
La necesidad de mi cuerpo de vaciarse para volverse a llenar.
Ayer me apuré en escribir que quizás ya había dejado de llorar, como quien se mejora de un resfriado y descubre que ya no tiene la nariz tapada.
No recordaba la última vez que había llorado; mi cuerpo se sentía quieto, casi seco, como si hubiera agotado su propio mar.
Había escrito eso mientras tomaba desayuno en mi cafetería favorita de Hiriketiya, cuando empezó a sonar una canción que mi cuerpo reconoció antes que mi mente: esa canción que guardaba la memoria de un amor que tampoco funcionó.
Pensé en cómo las canciones te acompañan en distintas etapas de la vida, y cómo quedan teñidas para siempre con esa emoción. Cual sea que estés experimentando.
Luego recordé la playlist que me acompañó el año pasado: el año en que rompí mi propio récord mundial de lágrimas.
Salía a caminar por las calles de Barcelona y dejaba que las lágrimas corrieran hacia abajo, hasta caer en el panot tan característico de la ciudad.
¿Cuántas lágrimas habrán caído ahí?



Pero ayer pensaba que ya no lloraría más.
Que esa etapa de mi vida había terminado. Que quizás por fin me había curado del llanto.
Ahora camino por las calles sin vereda de Sri Lanka y solo puedo sonreír: por escuchar al camioncito que vende el pan, por ver los monos saltar por los árboles, o por responder quince veces “No thank you” cada vez que me preguntan “Want a tuk tuk, madam?”
Pero hoy llovió. Y mi cuerpo, como si lo supiera, decidió llover también.
No necesita una razón: simplemente las lágrimas corren por mis mejillas hasta que las atrapo con la lengua y me las como.
¿Será que cada vez tienen un sabor diferente?
¿Cambiarán según la emoción?
Podría probar;
El sabor de la tristeza, la ternura, la rabia o la alegría.
Del miedo o del cansancio.
De la contracción o la expansión.
Siempre he sido llorona. Pero no de mañosa, sino de extremadamente sensible.
Lloro con las películas, los comerciales, las canciones, los niños y los abuelos.
Mis compañeras de curso son testigo: no podía entrar a los asilos de ancianos a los que nos llevaba el colegio cada año.
Me tenían que dejar afuera, o en alguna capilla, porque no era capaz de contener mis lágrimas.
Puedo escuchar a la Silvia, una de las mujeres que me crió, diciéndome: “Ya deja de llorar, que no te van a quedar lágrimas para cuando se muera tu mamá.”
Y recuerdo pensar: “Qué horror que se te acaben las lágrimas para un momento así. Pero lo que ella no sabe es que yo tengo océanos de lágrimas dentro de mi cuerpo.”
Una fuente inagotable de agua salada, como el mar.
Hoy lloré otra vez.
Es que a veces no puedo contener tanta felicidad, tanta belleza, tanto amor a mi alrededor.
Río, lloro y saboreo mis lágrimas.
Es mi manera de procesar, de limpiar, de vaciarme para volverme a llenar.
Es importante que el agua corra. Esa es su naturaleza.
Dejar que limpie, que purifique, que se lleve todo lo que ya no es necesario.
Que caiga en el cemento, en la tierra, en las sábanas o en la arena.
Porque dentro de cada cuerpo hay un océano esperando moverse. Y negar el llanto sería como negar el mar.
Con amor,
Josefa.





Me encantó 💛
que belleza. puse mi canción de mi último bonito amor que no funcionó mientras te leía y conecté con cada palabra. gracias ronnie