Recién llegué
El tiempo ya no vuela, va en 5G
Hace ya unos años que tengo la sensación de que todo va más rápido.
Parece que es algo de hacerse adulto.
O eso me dijeron alguna vez.
Me detengo y me pregunto:
¿cómo es que ya se está terminando el viaje familiar si recién escribí que estaba empezando?
¿cómo es que ya estamos a 7 de enero si ayer celebrábamos el año nuevo?
¿cómo es que ya pasé cuatro meses en Sri Lanka si acabo de llegar?
¿cómo es que este año cumplo 33 si el año pasado cumplí 28?
No sé si es culpa de Mercurio, Saturno o Plutón,
pero por favor dejen de retrogradar
o de hacer lo que sea que estén haciendo.
Quiero parar el tiempo.
Necesito detenerlo un momento y poder sentir.
Absorber.
Sacar mi análoga para tomar fotos.
Aprender.
Escribir.
Conectar.
Bañarme en el mar.
Saborear la fruta.
Retener esa palabra en singalés que me encantó
pero que seguro olvidaré en unos minutos.
Me gusta ir lento.
Intento que mi movimiento sea casi imperceptible,
pero la vida me pasa a 100.000 km por hora.
Recuerdo ese mail de un amor que recibí una vez:
“El tiempo tiene su propio aroma.
Y ese tic tac mental de tu cabeza no era nada más que las ganas de vivir al máximo,
porque cuando somos conscientes de que las cosas no son para siempre,
queremos vivir cada segundo al máximo”.
Esa es la sensación.
Quiero alargar cada minuto y vivirlo al máximo.
Pero, ¿qué es vivir al máximo?
¿Existe una escala de intensidad del vivir?
Me pregunto si aprovechar el tiempo es hacer muchas cosas en poco tiempo,
como nos han enseñado,
o si en realidad es hacer pocas cosas en mucho tiempo.
Porque los momentos que quiero que duren para siempre
son justamente aquellos que no tienen nada que ver con el hacer,
sino con el sentir,
con el estar.
– quedarme flotando en el mar, hundiendo los oídos para escuchar el vacío.
– tomar agua de coco fría y sentir cómo baja por mi garganta.
– dar un beso con lengua y poder vivir de saliva.
Se me viene a la mente hakanai,
una palabra en japonés que no tiene traducción exacta,
y que nombra lo efímero, lo frágil,
aquello que existe solo por un instante
y que no necesita ser retenido.
Y es lo único que me queda:
entregarme a la idea de que no me puedo aferrar
a lo que está desapareciendo mientras sucede
y encontrar paz en ello.
Vuelvo a escribir sobre la ley de la impermanencia,
esa ley universal que se ha hecho tan presente el último tiempo,
que da y quita tan rápido
que a veces no alcanzo a captar.
Todo está en constante cambio.
Nada es para siempre.
En el Vipassana, esa era la frase para sobrepasar tantas horas de meditación diarias,
manteniéndome quieta, con las piernas cruzadas y la espalda recta.
Cada vez que aparecía un dolor, un calambre o un pinchazo en la cadera,
respiraba y repetía:
anicca, anicca, anicca.
“Esto también pasará”.
Lo que se me está haciendo difícil
es aceptar que todo el placer, la diversión y el disfrute
también pasarán.
Que aunque intente apegarme a ellos,
debo dejarlos ir.
Porque nada es para siempre
y ahí está, justamente, lo valioso de todo.
Por eso los niños son grandes maestros.
Y ahora que he viajado con varios de mis sobrinos,
he tenido la suerte de observarlos y aprender de ellos.
Hay una imagen que quedará en mi memoria:
ver a la Mía, mi sobrina de cinco años,
bañándose en el mar,
revolcándose en las olas, despeinada y llena de arena,
gritando “¡amo mi vida!”,
antes de tirarse otro guatazo
y quedar varada en la orilla.
Pude sentir su felicidad.
La necesidad de anclarse en el momento
y amplificar lo que sentía.
Su cuerpo, su voz, su mente:
toda ella, 100% presente en ese instante.
Y así como las olas van y vienen,
ese momento también.
El tiempo da igual.
Sabemos que es relativo.
Un audio de cinco minutos de WhatsApp
puede sentirse como un segundo o como una hora,
dependiendo de quién lo envíe.
Por eso ya no me importa tanto el año nuevo,
ni cuántos años tengo,
ni cuántos meses llevo aquí.
El tiempo pasa.
Los números cambian.
Los momentos también, no se pueden guardar para después.
Algunos son dolorosos,
Otros son deliciosos.
Y siguen pasando.
No se repiten.
No esperan a nadie.
Si estabas presente, los viviste.
Si no, los perdiste.
Quizás no se trata de ganarle al tiempo
ni de exprimirlo hasta el cansancio.
Quizás se trata de algo más simple:
llegar
y aprender a estar
mientras se va.
Con amor,
Josefa.








Me encantó honrar la manera de vivir de los pequeños maestros!! He amado mucho este viaje y me queda la misma sensación. Solo nos queda el retrogusto
que lindo gracias por recordarlo! Yo tambien sufro con el apago de los placeres, pq me reconforta que lo malo pase, pero que lo lindo tambien, eso si es de elevados :)