Reptando al galope
De la serpiente al caballo
Desde hace un tiempo escribo para procesar.
Pero esta vez no pude.
Si lo escribía, se hacía realidad.
Una tarde en Uluwatu, mientras nos fumábamos un tabaco en la terraza y mirábamos la lluvia y los relámpagos iluminando el mar, recibimos esa llamada que toda persona que vive lejos de su familia teme recibir.
Pude sentir el último coletazo del año de la serpiente.
Una contracción en el corazón y un nudo en la garganta.
Las lágrimas a un pestañeo de caer.
Esa noche, antes de dormir, escribí:
“Tu y yo sabemos lo que me da terror escribir.
Puedo sentir que las hojas tiemblan.
Yo no lo quiero escribir y tú no quieres manchar tus páginas con esa palabra.
Solo se han escrito cosas hermosas en este cuaderno, ¿hay espacio para lo feo? ¿Lo temido? ¿Lo rechazado?
¿Hay espacio en mi corazón?
Ahora no lo siento, pero pronto se abrirá.”
Me toca seguir con el plan de “no plan”, como me lo propuse hace unos meses.
Se cierra un mundo y se abre otro, uno con dos caras.
Una cara con un lenguaje de palabras nuevas y aterradoras: oncólogos, patólogos, exámenes tumorales, PET, biopsia, metástasis, quimioterapia.
Y otra cara que habla de aceptación radical, confianza plena, pausa, contemplación y gratitud.
Presentía que aprendería un idioma nuevo en este viaje.
Pensé que sería singalés o quizás indonesio, pero fue el lenguaje del cáncer.
Y ese idioma viene con una presencia.
Una presencia que nadie quiere recibir.
Sabía que tenía que sentarme con él tarde o temprano.
Era mi decisión cuánto tiempo me quedaba en negación.
Evité invitarlo a pasar.
Lo dejé esperando afuera un par de días, haciendo oídos sordos al llamado.
Pero solo estaba aplazando lo inevitable.
Un día abrí la puerta de par en par.
Dramáticamente, contrafóbica, como siempre.
Lo miré fijo a los ojos.
¿Qué estás haciendo aquí?
¿Por qué ahora?
¿Por qué a mi mamá?
No respondió.
Sin quitarme la mirada, tomó un sorbo de té.
¿Cuántas veces nos observaste en silencio?
¿Cuántas comidas familiares estuviste presente sin un puesto en la mesa?
¿Cuántos kilos de duraznos cosecharon y cuántos frascos de mermelada llenaron sin avisar tu llegada?
¿Hasta cuándo te quedas?
No hubo respuestas.
Y lo entendí.
No es el momento.
No tengo que tener todas las respuestas ahora.
Quizás nunca.
En vez de echarlo a patadas, lo dejé quedarse.
Aún no puedo decirle “bienvenido”, pero empieza a abrirse un espacio donde pueda estar sin ocuparlo todo.
Pude sentir la última piel de la serpiente desprendiéndose de mi cuerpo.
La tomé entre mis manos, la sostuve, la observé.
Qué belleza.
Qué fragilidad también.
Ahora puedo respirar mejor. Nada me aprieta.
Una noche de luna llena en Leo (mi luna, mi madre) decidí marcar esta nueva piel para siempre.
Entre los sonidos de la selva y los cantos de oración,
junto a mi hermana de sangre y mi hermana de sol,
las manos de hoy, con la sabiduría del ayer,
trazaron una línea entre el cielo y la tierra pasando por el centro de mi cuerpo, en señal de alineación.
El sol ilumina mi pecho y me guía como la rosa de los vientos.
Me recuerda abrir el corazón y dar espacio a lo que quiera entrar.
A refugiarme en esa luz y calorcito de verano cuando todo parece invierno.
Ahora comienza un nuevo año, un nuevo ciclo.
El año del caballo.
Decido subirme y dejar que me lleve.
Confío en él. Los caballos siempre saben volver a casa.
Relajo la rienda, me entrego a su ritmo, elijo mirar el paisaje:
las flores, los ríos, los cielos estrellados, los bosques frondosos.
Sombrita fresca, agüita que corre, campos abiertos para correr libre y pastos suaves donde revolcarse al final del día.
No tengo idea a dónde me llevará el caballo.
Pero si algo me enseñó la maestra serpiente es que mudar de piel incomoda, pero da espacio.
Que hay transformaciones que no elegimos, pero sí podemos elegir cómo transitarlas.
Y ahora me encuentro aquí:
reptando todavía por dentro,
pero galopando por fuera,
aprendiendo a moverme entre la incertidumbre y la confianza.
Me toca aprender a avanzar sin entender,
porque al final no se trata de tener respuestas,
solo dejarse llevar en una dirección que no se ve, pero se siente.
Buen viaje a todos.
Con amor,
Josefa.








Que placer leerte 🤍. Te quiero y acompaño en esta cabalgata, desde lejos pero cerca 😘
Mi papá tuvo cáncer, conozco el sentimiento y te acompaño en el 🫶 el mantra: un paso a la vez